En el momento en el que la maldad la corrompa por completo, ningún hombre del reino de los vivos podrá detenerla. El destino de sus enemigos se hallará amargo, y aquellos que la intenten detener serán conducidos al reino de las sombras de Ölöm.
Quien la concibió debió deshacerse de ella cuando se le ordenó. Dejarla libre ha supuesto condenar al mundo de los hombres a la oscuridad. Ahora, ya apenas queda esperanza. Solo podemos aguardar a que surja un nuevo poder, y que este se deje guiar.
I
Las campanas de los castillos comenzaron a resonar en la vetusta capital de Dalsinia, a la que el rey Jowerd le puso el nombre de Selcia en honor a su esposa, una de las reinas más queridas en toda la historia del antiguo reino. Ella, la abuela del actual rey que ahora yacía muerto, era quien había emprendido dos reformas cruciales por las que sería reconocida en el futuro: la abolición definitiva de la esclavitud y el acercamiento diplomático a los otros dos grandes reinos de Arrion; Segernea y Actasya.
Ahora, tras más de ocho décadas de paz, solo quebrantada hace treinta años con una breve insurrección, las incertidumbres se habían apoderado de los dos principales pilares del sistema: la Corona y el Sacerdocio de Écaron, el más importante de los cultos en los tres grandes reinos. A la sombra quedaban los templos cuyos ritos eran en honor al dios de la muerte, Ölöm, y al dios de la guerra, Gardwyn. Juntos formaban la triada divina.
La historia de Dalsinia estaba plagada de levantamientos armados contra los legítimos reyes por parte de los nobles más ambiciosos del reino, algo que tampoco resultaba lejano en Segernea y Actasya. Por eso, a nadie le extrañó que, pese a que a las familias nobiliarias más importantes del reino habían sido notificadas dos días antes de la inminente muerte del rey, algunos de ellos optaran por no acudir a la capital, tal y como marcaba la costumbre que tenía como fin rendir honores al rey en sus últimos hálitos y hacer el juramento a quien le iba a suceder en el trono regio. Esto puso en alerta a los consejeros de la Corona, pero decidieron ser prudentes para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
A pesar de que la Monarquía se había preocupado en no divulgar, antes de tiempo para no desestabilizar la Corona, el estado del rey, que, desde hace meses, estaba prostrado en la cama, había sido imposible que algunos nobles no se enteraran debido a sus contactos en la Corte. Los rumores se propagaban tan rápido como el vuelo de un ave. Es así como los burgueses más adinerados y los campesinos más humildes fueron conociendo que el rey estaba a punto de morir. Cuando llegó el día, los altos mandatarios del reino se encargaron de confirmar la noticia y enviaron la carta con el sello oficial de la Corona a los centros de administración provincial. También en las tabernas se escuchaba una frase para el devenir de la historia: «El rey Guirion ha muerto».
En Selcia, una multitud se agrupaba en torno al núcleo de la ciudadela, el gran castillo de la Corte Real. Se trataba de un imponente edificio con dos grandes torres paralelas coronadas por un chapitel y con multitud de vanos en los que se dispondrían las guarniciones de arqueros en caso de necesidad. Por detrás de ellas, estaba la propia fortaleza, rodeada también por algunos torreones de defensa. Todo ello la convertía en una obra de ingeniería militar extraordinaria, que, a pesar de no tener demasiada decoración, se antojaba de una extraordinaria belleza que inundaba las pupilas de la gente que iba llegando de diferentes partes del reino. En ese día de luto, la espesa bruma bañaba todo el castillo envolviéndolo en una atmósfera de magia y misterio.
En el lugar ya se habían dispuesto todos los preparativos para el funeral y el ritual tradicional para despedir al monarca. La sala del trono, donde hasta hace poco Guirion dirimía asuntos de gran relevancia para el reino, permanecía en un silencio sepulcral. Allí reposaban los restos del rey sobre una pila de madera con los dos brazos entrelazados a la altura del pecho, en el que descansaba su corona.
En una sala adyacente estaba reunido el Consejo de la Corona, cuyos miembros pertenecían a la alta aristocracia y estaba compuesto por dos hombres y una mujer. El que estaba más a la derecha portaba una armadura metálica y una espada muy pesada, a juzgar por su tamaño. Su rostro, con varias cicatrices, era la mejor muestra de las batallas en las que había combatido. La mujer, la más joven de los tres miembros, estaba ataviada con un elegante vestido de un blanco sobrio y elegante, solo roto por el cordel dorado que lo rodeaba a la altura de su cintura. El tercer hombre, el único sentado, pues su vejez se lo exigía, vestía una larga túnica negra. Se trataba de Hakim, el zaquen del reino, máximo representante del orden sacerdotal.
—Le he comunicado a la reina la necesidad de que el heredero al trono sea coronado lo antes posible —intervino Daena mientras que desde una de las ventanas veía cómo cientos de personas esperaban para poder decir el último adiós a su rey.
—Estoy de acuerdo. Áglae lo ha hecho bien como regente, pero hay algunas familias que no la ven con buenos ojos para reinar. Si lo demoramos más, quizá se desate una pugna interna —respondió Edgard.
—Me temo que os traigo unas nuevas nada agradables para vuestros oídos —interrumpió Hakim, que se acomodaba en su silla e invitaba a sus dos acompañantes a hacer lo mismo—. De acuerdo con las indagaciones de mis espías, varias familias nobiliarias ya han tomado partido por aquella que se ha autoproclamado Emperatriz. Por lo visto, ha conseguido forjar un gran ejército.
—Tendremos que reforzar las defensas y estar preparados —anunció Edgard con tono airado. Después de decir esto, miró a Daena, quien agachó la cabeza confirmando su decisión.
—Eso no es todo —prosiguió Hakim—. Me temo que mis oídos escucharon algo más. El ejército no solo lo componen guerreros y magos, también hay unas criaturas que se creían extintas hace siglos. —Su tono se volvió aún más sombrío—. Su nombre es el de ragnias y son criaturas diabólicas, capaces de acabar con un ejército entero si se lo proponen.
«La magia de la Emperatriz tiene que ser muy poderosa para poder usar la invocación. No me han llegado noticias de que en las escuelas de magia y hechicería haya alguien con semejante potencial mágico. ¿Es posible que lo haya desarrollado por sí misma?». Cuando pensó eso, la piel de Daena se erizó.
Las escuelas de magia y hechicería estaban extendidas por diferentes partes del reino. Si bien es cierto había personas con el don mágico que no iban a estas instituciones, pues estaban reservadas para familias con un alto poder pecuniario, no era habitual que alguien, sin esa preparación, desarrollara una de las habilidades mágicas más difíciles, el de la invocación.