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SINOPSIS
En sus viajes por el Atlántico los europeos no sólo descubrieron nuevas tierras, sino también nuevos pueblos hasta entonces desconocidos, con sus propias costumbres y religiones. Estos encuentros, que comenzaron en las Canarias en 1341 y prosiguieron en América desde 1492, les planteaban una serie de preguntas: ¿Eran estas gentes descendientes de Adán, del mismo linaje que los habitantes del Viejo mundo, o fruto de otra creación? ¿Poseían un alma y la capacidad de conocer a Dios? ¿Tenían el derecho a ser libres y gobernarse a sí mismos o debían ser tutelados? David Abulafia centra su atención en el aspecto humano de estos encuentros, y en la forma en que se pasó del asombro del descubrimiento de una naturaleza humana común a la práctica de la explotación, sentando un precedente para la posterior conquista europea del mundo. Como ha escrito el profesor Fernández-Armesto, este libro «nos lleva al corazón mismo de una cuestión que importa muy especialmente al mundo actual».
D AVID A BULAFIA
EL DESCUBRIMIENTO
DE LA HUMANIDAD
ENCUENTROS ATLÁNTICOS
EN LA ERA DE COLÓN
Traducción castellana
de Rosa María Salleras Puig
Para Bianca y Rosa
Muchas dueñas fizieron auer, y tu pujaste sobre todas ellas.
Biblia Ladina de Ferrara (1553):
Proverbios de Selomoh, 31:29
Hijos de Adán en la forma, el rostro y la inteligencia humana,
y el propio trabajo de Dios.
H EINRICH VON H ESLER (siglo XIV )
¿No tenemos todos nosotros un mismo Padre?
¿No nos ha creado el mismo Dios?
M ALAQUÍAS 2:10
Ellos también son de la generación de Adán
G OMES E ANES DE Z URARA (siglo XV )
PREFACIO
A finales del siglo XV , los horizontes europeos se ampliaron inmensamente. Lo que se había descubierto no eran sólo tierras, sino pueblos, a la mayoría de los cuales se solía denominar pueblos «primitivos». Tradicionalmente, sin embargo, en la literatura que trata de los primeros descubrimientos han predominado las cuestiones geográficas y de navegación, relacionadas con el conocimiento del Atlántico, los tipos de barco y los lugares exactos de llegada. Este libro aborda un aspecto diferente. Lo que experimentaron los cristianos europeos fue nada más y nada menos que su propio descubrimiento de la humanidad, de la variedad y de la amplitud de la actividad y expresión humanas. El debate sobre este descubrimiento se prolongó a lo largo de varios siglos y, desde mediados del siglo XVI , se ha escrito mucho sobre estos análisis, que presentan el descubrimiento de los nuevos pueblos como un largo proceso. Extrañamente, el momento del descubrimiento y sus consecuencias inmediatas han sido objeto de una atención mucho menor. A fin de transmitir de algún modo la conmoción que provocó el descubrimiento, y el desconcierto ante el hecho de haber caído en la cuenta de la existencia de millones de personas cuyas sociedades, creencias y prácticas se diferenciaban de modo abismal de las de sus contemporáneos europeos, en este trabajo me he basado, hasta donde me ha sido posible, en testimonios presenciales de los primeros encuentros entre los europeos y los pueblos antes desconocidos para ellos.
En realidad, la historia de estos encuentros empezó un siglo y medio antes de la primera llegada de Colón al Caribe, en el Atlántico oriental, en el pequeño pero muy significativo territorio de las islas Canarias. Antes aún, en la Europa medieval, los pueblos monstruosos que supuestamente poblaban los confines del mundo modelaron la actitud y las expectativas de los exploradores europeos. En el siglo XV , ya había quien se había embarcado en el descubrimiento de pueblos remotos: las expediciones chinas, dirigidas por el eunuco Zheng He, le proporcionaron a China un conocimiento detallado de los pobladores y de la fauna del océano Índico, pero terminaron abruptamente en el año 1433, por motivos que han sido analizados y debatidos en profundidad. En cualquier caso, tuvieron el efecto de cerrar China al resto del mundo después de 1433, en lugar de contribuir a crear lazos que alcanzaran distancias no imaginadas antes. Aun así, el tema del descubrimiento de estas tierras y gentes se enfrenta ahora al desafío de aquellos que afirman, no sin un cierto grado de razón, que los pueblos indígenas, en su gran mayoría, llevaban ahí mucho tiempo y que eran perfectamente conscientes de su propia existencia; en consecuencia, hablar de su «descubrimiento» constituye una interpretación eurocéntrica de la historia que insulta a su identidad. Sin embargo, francamente, establecer contacto con aquellos pueblos constituyó un acontecimiento de tal importancia en la historia de la humanidad, puesto que resultó en la creación de grandes imperios y en la destrucción de pueblos enteros, que su dimensión europea salta a la vista. Se trataba del inicio de un proceso que empezó con la creación de los imperios portugués y español y que continuó en los siglos posteriores con el establecimiento de las hegemonías inglesa, francesa y holandesa a lo largo y ancho del globo. Es importante recordar que se trataba de un encuentro de doble sentido. Los europeos conocieron por primera vez a los pueblos indígenas, pero ellos también conocieron por primera vez a los europeos. Los acontecimientos descritos en este libro no condujeron únicamente al descubrimiento de aquello que los europeos denominaron Nuevo Mundo, sino que cambiaron el mundo entero por completo.
Muchos estudios recientes de los primeros encuentros atlánticos los han desarrollado autores eruditos cuyos enfoques «posmodernos» y «poscoloniales» del material, e incluso sus muy politizadas lecturas de los textos clave, no han aportado precisamente demasiado a la hora de arrojar luz sobre los testimonios. Los europeos, se dice en ocasiones, destruyeron un paraíso en el que la humanidad vivía en armonía con la naturaleza. Los caníbales se convirtieron en una construcción colonialista. Nosotros tenemos la culpa. Otros pueden argumentar que los habitantes del Caribe casi llegaron a igualar a los europeos en cuanto a la destrucción del hábitat y de su entorno se refiere. Yo estoy convencido de la existencia de caníbales en el Caribe y en Brasil, y de que la repulsa de los observadores europeos al verles ingerir carne humana era genuina; y que sus primos en España asaran carne humana en las piras de la Inquisición española (aunque no se la comieran) añade un cierto grado de ironía, como bien sabía Montaigne, el gran ensayista del Renacimiento. Tampoco es demasiado de mi agrado la jerga utilizada en muchos de los análisis posmodernos; un libro que examina la primera descripción de Brasil informa solemnemente al aturdido lector que «considera que el discurso constituye el lugar donde la subjetividad colonial brasileña lucha contra la estasis de la condición del Otro, creándose y re-creándose constantemente a sí misma mediante el lenguaje». A aquellos a quienes este lenguaje desconcierta les recomiendo encarecidamente que vuelvan a leer
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