LA
GUERRA
CIVIL
ARGENTINA
Los 70´ que oculta la corrección política
Nicolás Márquez
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“En consideración a los múltiples antecedentes acopiados en este proceso y a las características que asumió el terrorismo en la República Argentina, cabe concluir que, dentro de los criterios de clasificación expuestos, el fenómeno se correspondió con el concepto de guerra revolucionaria...»; «algunos de los hechos de esa guerra interna habrían justificado la aplicación de la pena de muerte contemplada en el Código de Justicia Militar...»; «...no hay entonces delincuentes políticos, sino enemigos de guerra, pues ambas partes son bélicamente iguales»; «...como se desprende de lo hasta aquí expresado, debemos admitir que en nuestro país sí hubo una guerra interna, iniciada por las organizaciones terroristas contra las instituciones de su propio Estado”.
Sentencia de la Cámara Federal alfonsinista, ratificada por la Corte Suprema de Justicia, que en 1.985 por Decreto del Poder Ejecutivo ordenó condenar a los miembros del gobierno de la Junta Militar naciente en marzo de 1976.
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Perón, el Fetiche de las Masas
Capítulo I: de Onganía a Cámpora
El mejor de los nuestros
Con un asma feroz, asediado por el hambre, la indiferencia campesina, el abandono de Fidel Castro y un cansancio físico agobiante, el harapiento aristócrata devenido en guerrillero fracasado, Ernesto Guevara de la Serna, conocido como “el Che”, era detenido en la selva del sur de Bolivia por las fuerzas legales autóctonas, y su delirante expedición subversiva que había durado casi un año en el altiplánico país, llegaba a su triste fin.
Horas después de su legítima detención en cuanto mercenario cubano que mientras estuvo en Bolivia asesinó a más de 40 personas entre campesinos y militares de baja condición, con el apoyo unánime del Congreso Nacional de Bolivia, el popular Presidente boliviano René Barrientos (que había ganado las elecciones con el 66.7% de los votos) dio la orden de ejecutar al iconográfico invasor, y el nueve de octubre de 1967, quien con los años se convirtiera en el logotipo más exitoso de las remeras burguesas de occidente, murió en su ley: fusilado. Y así quedó canonizado por la propaganda consumista del marketing progre-cool de las grandes urbes del occidente capitalista.
Por múltiples factores (uno de ellos es el de morir joven siendo buenmozo en el fragor de la transgresora notoriedad), cada aniversario de la muerte del Che, feligreses y adherentes comenzaron a efectuarle encendidos homenajes, y en el primer aniversario de su caída (octubre de 1968), en Argentina desde las influyentes páginas de la revista militante que a la sazón se disfrazaba de Católica, Cristianismo y Revolución (dirigida por el ex seminarista de ideas proto-terroristas Juan García Elorrio), en extensa nota panegírica pregonó: “Este es el homenaje que le rendimos al Che Guevara en esta declaración…Nuestra revolución será antiimperialista, antioligárquica y antimonopolista encabezada por la clase obrera y se apoyará en la lucha diaria de las masas oprimidas, eligiendo desde ya como único camino para la toma del poder, al que juzgamos inevitable: el de la lucha armada” . La misiva fue firmada por numerosas personalidades (muchas de ellas protagonistas de la futura guerrilla que se avecinaba), como Emilio Alfaro, Alicia Eguren de Cooke, Juan Gelman, Héctor Polino, Juan Carlos Portantiero, León Rozitchner, Alberto Fernández de Rosa, Dalmiro Sáenz, Rodolfo Walsh y hasta el marxista parcialmente rehabilitado Juan José Sebreli, se dieron el gusto de firmar el texto exhortador a la lucha armada como “único camino para la toma del poder”.
Pero no todos los intelectuales cantaban loas al Che. El mismo día de su muerte en Bolivia, mientras en Buenos Aires Jorge Luis Borges dictaba cátedra en la Universidad, irrumpió en el aula un activista; y con prepotente actitud le avisó que una asamblea estudiantil había decidido rendirle homenaje a Guevara y que, por lo tanto, se interrumpían las clases.
-“Hagan el homenaje después, falta media hora para terminar”-, contestó Borges.
El estudiante redobló la apuesta: -“¡No!, tiene que ser ahora y usted se va”- a lo que Borges replicó: -“No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio”-.
-“¡Si Ud. no desaloja la sala vamos a cortar la luz!”, amenazó el agitador.
- “He tomado la precaución de ser ciego esperando este momento” remató Borges; y se quedó en el aula dando su clase sin que ningún alumno se moviera de su sitio.
El mismo Juan Perón desde su exilio en Madrid, que por entonces fogoneaba y coqueteaba con los potenciales guerrilleros (que coyunturalmente le eran funcionales), ante la muerte de Guevara mintió en los siguientes términos: “Hoy ha caído en esta lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el comandante Ernesto Guevara…Su muerte me ha desgarrado el alma porque era uno de los nuestros…Las Revoluciones Socialistas se tienen que realizar; que cada una haga la suya, no importa el sello que tengan” . Perón proseguía parodiando lamentos por la muerte del frustrado aventurero y en famosa carta escrita al entrañable amigo del Che, Ricardo Rojo, anotó:
“Ha muerto el mejor de los nuestros”.
La pax ongánica
Desde el 29 de junio de 1966 la Argentina estaba siendo gobernada por el Presidente de facto Teniente General Juan Carlos Onganía, gestión que comenzó sin mayores sobresaltos y que llevó por nombre “La Revolución Argentina” , en el marco de una administración signada por la austeridad y el orden. Dicho gobierno, en sus inicios, debió esforzarse por mantener el equilibrio entre los sindicatos (que habían tenido un papel muy importante en el debilitamiento del gobierno anterior), sectores nacionalistas antiperonistas y sectores liberales. Entre estos últimos fue clave la gestión del Ministro de Economía sindicado como tal, Adalbert Krieguer Vassena, quien logró un importante crecimiento económico, una revalorización de la moneda y la novedad de la estabilidad (todo un acontecimiento tras casi dos décadas de constante inflación, inaugurada durante la prolongada dictadura de Perón obrante entre 1946/55). Además, se promovieron actividades religiosas y espirituales en un clima cultural de tinte conservador, en el cual hay que reconocer que no estuvo ausente cierta pacatería injusta, tal el caso de la censura del conocido tango “ Cambalache ”, de autoría de Enrique Santos Discépolo, o la ópera “ Bomarzo ”, de Alberto Ginastera.
Uno de los episodios polémicos de entonces fue el incidente conocido como “La Noche de los bastones largos” (julio de 1966), que no fue otra cosa que una insignificante intervención policial a la Facultad de Ciencias Exactas y algunas pocas unidades académicas, dónde la policía ingresó deteniendo a 200 activistas de extrema izquierda, en un contexto en el cual se temía que estos agitadores (docentes y alumnos) pasaran de la teoría a la acción. Las fuerzas del orden ingresaron con bastones y ello explica el nombre del episodio. No fue más que una algarada sin mayor importancia, excepto por el hecho de que la nueva ley universitaria le quitaba poder y autonomía a la izquierda, y de ahí la satanización del mito.
Fuera de estos sobresaltos, por entonces se hablaba de la “ pax ongánica ”; empero, dicha calma iría diluyéndose más adelante a través de la gestación de un clima subversivo latente que por entonces se hallaba en estado larvario y silencioso.
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