Prólogo
El biólogo estadounidense Edward O. Wilson comparaba en cierta ocasión a los seres humanos con peces inteligentes que nacen en un estanque profundo y oscuro y tratan de interpretar lo que les llega desde el exterior para intentar encontrar un significado a su existencia. ¿Qué pensarían ellos a partir de los escasos datos que la superficie del agua les permite observar en su mundo de oscuridad? Seguramente estarían tan limitados como nosotros e inventarían «ingeniosas especulaciones y mitos sobre el origen de las aguas que los confinan, del sol y las estrellas que hay arriba, y del significado de su propia existencia», escribe Wilson. De la misma manera, los seres humanos hemos pasado milenios tratando de comprender estas limitaciones y eso es lo que subraya Antonio Martínez Ron en este libro, la historia de cómo, a la vez que desentrañamos la naturaleza de la luz, nos defendimos de nuestra engañosa percepción para poder explorar la naturaleza en todas sus dimensiones.
La visión y la luz constituyen un binomio inseparable, hasta el punto de que no es posible salir de la circularidad si tratamos de definirlas. Por eso, la investigación acerca de la naturaleza de la luz ha transcurrido unida, de forma inseparable, a los estudios sobre la visión. Por un lado, difícilmente podía avanzarse en el conocimiento de los mecanismos de la visión sin tener una idea cabal de las características de la luz y estas, por su parte, difícilmente podían desentrañarse sin recurrir al sentido de la vista como fuente primaria de información. Este es un aspecto fundamental de lo que se cuenta en este libro, que recorre los hitos que han jalonado el conocimiento de la luz y de la visión a lo largo de la historia de la ciencia.
Antes de la «revolución científica», el «ojo desnudo» al que alude el título era nuestro único instrumento de observación. Por medio de la visión directa, sin intermediación de ningún tipo, obtuvieron nuestros antepasados la mayor parte de la información con que elaborar sus modelos o sus teorías acerca de lo que nos rodea y del universo. Los demás sentidos jugaban, por comparación, un papel de menor importancia. Pero la invención del telescopio y el microscopio ofreció una nueva perspectiva del mundo, transformaron por completo la percepción de la naturaleza y de nuestra posición en ella. Y más adelante, al tomar conciencia de que la luz visible no era sino una mínima fracción del espectro electromagnético y de que tal espectro era una extraordinaria fuente de información, desarrollamos los instrumentos que nos permitieron penetrar en los aspectos más íntimos de la materia y conocer el propio origen del cosmos.
Nuestra otra gran limitación cognitiva es la forma en que ha evolucionado nuestro sistema nervioso para percibir la realidad. No es fácil ser consciente de lo extraordinariamente limitada que es nuestra capacidad para conocer el mundo a través de nuestros sistemas sensoriales de forma directa, sin intermediaciones instrumentales de ningún tipo. Como el resto de los sentidos, el sistema visual humano, tanto sus estructuras receptoras —fotorreceptores organizados en una retina inserta en el ojo— como el órgano que crea las imágenes —la corteza visual del cerebro—, han evolucionado bajo unas determinadas presiones selectivas. Por ello, las imágenes que «vemos», o sea, las imágenes que elabora nuestra corteza visual a partir de las señales que recibe a través del nervio óptico, no constituyen un reflejo «fiel» de la realidad —si es que tal cosa pudiera existir—, sino interpretaciones de la misma gracias a las cuales nos podemos desenvolver en el entorno, anticipamos los problemas a los que quizá debamos enfrentarnos y entablamos relación con nuestros semejantes y con la naturaleza en su conjunto.
Aunque por sus contenidos y el rigor con que los trata el autor podría pensarse que El ojo desnudo es una obra para especialistas, no es así. Este es un libro de divulgación científica pensado en un amplio público lector, como pone de manifiesto su estructura, orientación interdisciplinar, y la forma que tiene el autor de presentar los temas que aborda. Antonio Martínez Ron tiene un amplia trayectoria como comunicador científico y es, en su campo, uno de los mejores que tenemos en España. Representa un tipo de escritor infrecuente en nuestro país, pero habitual en el mundo anglosajón: profesionales del periodismo y la comunicación que dominan el arte de contar historias y que transmiten los contenidos científicos sin perder un ápice de rigor. Martínez Ron ha comunicado ciencia en todos los medios: blogs, prensa, radio y televisión. En todos ellos ha dado buena muestra de su capacidad para enganchar a la audiencia. Lo hace de forma magistral. En El ojo desnudo ha concatenado un conjunto de historias fascinantes y a través de ellas nos va mostrando el camino seguido por un puñado de seres humanos que, queriendo desentrañar la naturaleza de la luz, han conseguido hacer visible lo invisible y expandir de forma espectacular nuestras posibilidades de conocer el universo. Si el lector aún no está convencido de que esta es una historia fascinante, le invito a adentrarse en las páginas de este libro: difícilmente podrá dejarlo.
J UAN I GNACIO P ÉREZ I GLESIAS
Catedrático de Fisiología y director de la cátedra
de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco.
20 de junio de 2016
Introducción
«Papá, si no lo ven, ¿cómo saben que está ahí?» Durante los últimos tres años he pasado buena parte de mi tiempo tratando de construir el relato que responde a esta pregunta inocente de mi hija. No es una simple duda infantil, sino algo que preocupa a la humanidad desde hace siglos y que nos sigue asaltando a muchos de nosotros a diario, cuando nos enteramos del hallazgo de un planeta a centenares de años luz o del descubrimiento de un nuevo virus que se agazapa en algún lugar recóndito del cuerpo. Yo mismo me he descubierto preguntando a algún científico que me explicaba su último hallazgo: «Muy bien, pero ¿esto cómo lo ven?». Como seres visuales que somos, nos cuesta comprender la realidad en términos que no sean los de lo estrictamente aparente.
Desde esta perspectiva, buena parte de la historia del conocimiento humano puede resumirse como una carrera de los hombres por ir más allá de lo que le dicen sus ojos. Aunque el mundo les recuerda por otros hallazgos, científicos como Kepler, Newton o Einstein se hicieron las mismas preguntas sobre por qué vemos como vemos y si lo que vemos es realmente lo que existe. Ese intento de saber cómo funciona nuestra visión, qué es la luz y hasta dónde pueden llegar nuestros sentidos fue una especie de acicate que les condujo a descubrir algunos secretos de la materia y de la estructura del universo. Para conseguir desentrañar estos misterios diseñaron nuevos instrumentos de observación y comprendieron que no solo el ojo podía engañarlos, sino que los propios artefactos con los que trabajaban introducían distorsiones que les obligaban a repensar la realidad. Y solo cuando calibraron los instrumentos para poder mirar las estrellas pudieron darles la vuelta y apuntar con ellos al fondo de nuestro propio ojo.