voy ligero de equipaje.
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
sino palabra en el tiempo.
alguna vez capitán.
trocado en luz, en una joya clara...
Agradecimientos
Este libro no existiría sin el trabajo de cientos de investigadores y especialistas en Machado y su mundo, tanto españoles como extranjeros. Debo destacar, en primerísimo lugar, la labor ingente llevada a cabo por Oreste Macrí, cuya Poesie di Antonio Machado (Milán, Lerici, 1959, 1962, 1969) marcó un hito en el camino hacia la recuperación de la obra del poeta: un antes y un después. Su monumental edición madrileña posterior de las Poesías completas y la Prosa completa (ambas de 1989) sigue siendo imprescindible. À tout seigneur tout honneur: los que amamos la obra de Machado estamos en deuda permanente con el gran hispanista italiano.
Entre los españoles hay que recordar, especialmente, a Aurora de Albornoz —calificada de infaticabile machadista por Macrí—, cuya edición, con Guillermo de Torre, de las Obras. Poesía y prosa (Buenos Aires, Losada, 1964), fue una revelación en momentos en que todavía no se habían publicado en la España de Franco los poemas y otros textos escritos por Machado durante la Guerra Civil. Recuerdo con qué emoción conseguí bajo cuerda, en la Granada de 1965, aquel muy hermoso (y muy perseguido) tomo encuadernado en piel roja, con letras doradas.
Mucho más recientemente, Jordi Doménech ha hecho una aportación de valor incalculable al conocimiento de Machado con su edición, fruto de años de trabajo, de las Prosas dispersas (1893-1936), meticulosamente anotadas (Madrid, Páginas de Espuma, 2001). Estoy muy en deuda con este amigo, además, por el generoso envío de artículos casi inencontrables, sus comentarios mientras escribía el libro, su meticulosa lectura del manuscrito del mismo y la aportación de su página web, Revista de estudios sobre Antonio Machado (www.abelmartin.com).
Me parece de justicia que figure aquí también el nombre de Geoffrey Ribbans, cuyos trabajos sobre la primera época de Machado son fundamentales.
Con respecto a las biografías, la de Miguel Pérez Ferrero, Vida de Antonio Machado y Manuel (Madrid, Rialp, 1947) fue, necesariamente, mi punto de partida. El autor había tenido la ventaja de poder hablar con ambos hermanos, pero no siempre apuntó con fidelidad lo que le habían dicho (o tal vez ellos tampoco recordaban con precisión los episodios contados), y apenas había llevado a cabo una investigación propia. Además hay que tener en cuenta las circunstancias represivas en que se publicó la obra: el biógrafo tuvo que tratar el aspecto político con mucha diplomacia. Con todo, el libro me fue de gran utilidad.
También la «biografía ilustrada» de José Luis Cano (Barcelona, Destino, 1975), como guía, como orientación, como estímulo. A cada paso, durante los seis años de mi investigación, oía la voz de aquel amigo desaparecido, y echaba de menos poder consultarle en persona.
En cuanto a la biografía del hispanista francés Bernard Sesé, Antonio Machado (1875-1939), publicada en España por Gredos en 1980, confieso no haberla tenido siempre en cuenta a cada paso: quería llevar a cabo una indagación mía personal, con método propio, sin sentirme en la obligación de sopesar en cada momento lo dicho o contado por otro biógrafo. Quizás se me podrá criticar por ello.
Entre los estudiosos que me han atendido con especial generosidad quiero expresar mi gratitud a Rafael Alarcón Sierra, Pablo del Barco, Nigel Dennis, Jacques Issorel, Patricia McDermott, Daniel Pineda Novo, Antonio Rodríguez Almodóvar y James Whiston.
He tenido la suerte de poder contar en todo momento con el apoyo, amistad, eficacia y buen humor de mi agente literaria, Ute Körner, y sus socios, Guenter G. Rodewald y Sandra Rodericks. Desde aquí les expreso mi profundo agradecimiento.
Los duques de Alba tuvieron la amabilidad de permitirme visitar el palacio de las Dueñas en Sevilla, un raro privilegio. Recuerdo con gratitud mi conversación con D. Jesús Aguirre, que falleció poco después.
En Segovia, César Gutiérrez Gómez, de la Casa-Museo Machado, me suministró documentación impagable. En Soria, el librero César Millán Díez fue un magnífico orientador. A ambos les doy las gracias.
En cuanto a los familiares del poeta, es un placer expresar aquí mi más sincero agradecimiento a Dª Leonor Machado Martínez (hija de Francisco Machado) y a su hijo Manuel Álvarez Machado, así como a Dª Eulalia Machado Monedero (hija de José Machado).
También estoy muy en deuda con mi documentalista Teresa Avellanosa por su valiosa ayuda en la búsqueda de las ilustraciones. Gracias a ella he tenido menos nervios de lo previsto durante los últimos meses.
Doy las gracias, cómo no, a Juan Cruz, cuyo apoyo hizo posible este libro (¡aquella cena con Hugh Thomas!). Y no olvido que, desde el primer momento, mis editores, Ana Rosa Semprún y Santos López Seco, tuvieron fe en el proyecto.
Vaya mi reconocimiento a los numerosos archivos, hemerotecas y bibliotecas a los cuales he acudido durante mi larga investigación, y a su personal siempre tan atento: Agencia Española de Cooperación Internacional, Madrid (María del Carmen Díez Hoyo y Rosario Moreno Galiano); Archivo Histórico de la Universidad de Sevilla (Valle Távora); Archivo de la Villa, Madrid (Rosario Sánchez); Biblioteca Nacional, Madrid; Biblioteca Pública de Soria (Carlos Molina); Casa-Museo Federico García Lorca, Fuente Vaqueros (Juan de Loxa e Inmaculada Hernández Baena); Fundación Francisco Giner de los Ríos, Madrid (Elvira Ontañón y Teresa Jiménez-Landi); Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer (Teresa Rodríguez Domínguez, José Natalio Cruz Méndez y Rocío Bejarano Álvarez); British Library, Londres (John Goldfinch); British Newspaper Library, Londres; Casa de l’Ardiaca, Barcelona (Elisa Cano); Hemeroteca Municipal, Madrid (¡todo el personal!); Hemeroteca Municipal, Córdoba; Hemeroteca Municipal y Archivo Municipal, Sevilla (Julia Sánchez, Inmaculada Franco Idígoras y Marcos Fernández Gómez); Instituto de Segunda Enseñanza Cervantes, Madrid (Luis Ferrero Cariacedo, Milagros Fernández y Francisco Javier González Buil); Instituto de Estudios Giennenses de la Diputación Provincial de Jaén (Ana Real); Archivo y Biblioteca de la Residencia de Estudiantes, Madrid.
Otras muchas personas me ayudaron de distintas maneras (imposibles de pormenorizar, como ellas comprenderán). Ruego disculpas si he olvidado algún nombre: José Luis Abellán, Bernard Adams, Monique Alonso, Joaquín Araújo, Carmen Aycart, Manuel Barrios, Manuel Bercero Celorio, Maite Bermejo, Tony y Hilde Beuler, Rogelio Blanco, Maria Borràs, Rafael Borràs, Óscar Boyano, Blanca Calvo Alonso-Cortés, Juan Caño Arecha, Alastair Carmichael, Heliodoro Carpintero (†), Eduardo Castro, Emilio Cejudo Fernández del Rincón, Josette y Georges Colomer, Francisco Croche de Acuña, Juan Antonio Díaz López, Cheli y Mike Dibb, Antonio Durán Úbeda, Víctor Fernández Puertas, José Fernández Berchi, Antonio Fernández Estévez, Peter Fryer, Salvador García Ramírez, José Antonio Gómez Municio, Casilda Güell, Juan Güell, Alfonso Guerra, Keith Harris, Gijs von Hensingen, Adoración Herrador, Rafael Inglada, Inmaculada López, Carmen y María Machado Monedero, Cristina y Eutimio Martín, Pedro Martín Guzmán, Miguel Martínez, José María Montero, Josefa-Inés Montoro Cruz de Biedma, Antonio Olivares, José Manuel Padilla, José Prenda, Alberto Reig Tapia, Rogelio Reyes Cano, Miguel Ángel Rodríguez, Rodolfo Rodríguez Galán, Alfons Romero, Manuel Ruiz Amezcúa, Ramón Salaberria, Mariví Salcedo, Juan Antonio Salcedo Gómez, Alfredo Sánchez Monteseirín, María Fernando Santiago Bolaños, Manuel Serrano, Miguel Ángel Soria García, Antonio Tornero, Maria Trayter, Luis Pérez Turrau, Jorge Urrutia, Francisco Vaz Romero Villén, Ángeles Vian Herrero, Jesús Vigorra, Antonio Zoido. Mi gratitud a todos y, especialmente, a Carole Elliott, a quien el libro está dedicado.