A Rosalia
El oxímoron evocado por el título «La utilidad de lo inútil» merece una aclaración. La paradójica “utilidad” a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad “utilitarista” […] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante “homo sapiens” pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.
Nuccio Ordine
La utilidad de lo inútil
Manifiesto
ePub r1.0
Editor05.01.14
Título original: L’ utilità dell’ inutile
Nuccio Ordine, 2013
Traducción: Jordi Bayod Grau
Diseño/Retoque de portada: Demócrito (c. 1628), de Diego Velázquez
Editor digital: Akhenaton
ePub base r1.0
Nuccio Ordine (nació el 18 de julio de 1958 en Diamante, en la provincia de Cosenza, en Calabria), es profesor, filósofo y uno de los mayores conocedores del Renacimiento y del pensamiento de Giordano Bruno. En la actualidad, es profesor de Literatura italiana en la Harvard University Center for Italian Renaissance Studies y del Alexander von Humbolt Stiftung, sido invitado por diferentes Universidades norteamericanas (Yale, New York University) y europeas (EHESS, Ecole Normale Supérieure Paris, Paris-IV Sorbonne, Paris-III Sorbonne-Nouvelle, CESR of Tours, Institut Universitaire de France, Paris-VIII, Warburg Institute, Eichstätt University). Sus libros han sido traducidos a muchos idiomas, entre ellos al chino, al japonés y al ruso. Es el director de una nueva edición de las obras de Bruno y, junto con Yves Hersant y Alain Segonds, de tres colecciones de clásicos, para el editorial parisino Les Belles Lettres. En Italia, es el director de las colecciones “Sileni” (Nápoles, Liguori), “Classici del pensiero europeo” (Torino, Nino Aragno) y “Classici della letteratura europea” (Milán, Bompiani). Escribe para el “Corriere della Sera”.
Notas
ABRAHAM FLEXNER
ABRAHAM FLEXNER (1866-1959) fue un famoso pedagogo estadounidense. Tras sus estudios en la universidad Johns Hopkins y en Harvard, fundó varias escuelas experimentales y participó en la creación del Institute for Advanced Study de Princeton, que dirigió entre 1930 y 1939. Durante esta etapa favoreció el exilio de muchos investigadores que huían de las persecuciones nazis. Autor de numerosos libros de pedagogía, Flexner publicó en 1910 un informe sobre la enseñanza de la medicina en el siglo XX cuyas intuiciones mantienen una extraordinaria modernidad. Sus trabajos han ejercido una profunda influencia en la enseñanza de las ciencias en Estados Unidos y Europa.
APÉNDICE
ABRAHAM FLEXNER
LA UTILIDAD DE LOS CONOCIMIENTOS INÚTILES
I
¿No es curioso que en un mundo saturado de odios irracionales que amenazan a la civilización misma algunos hombres y mujeres—viejos y jóvenes—se alejen por completo o parcialmente de la tormentosa corriente de la vida cotidiana para entregarse al cultivo de la belleza, a la extensión del conocimiento, a la cura de las enfermedades, al alivio de los que sufren, como si los fanáticos no se dedicaran al mismo tiempo a difundir dolor, fealdad y sufrimiento? El mundo ha sido siempre un lugar triste y confuso; sin embargo, poetas, artistas y científicos han ignorado los factores que habrían supuesto su parálisis de haberlos tenido en cuenta. Desde un punto de vista práctico, la vida intelectual y espiritual es, en la superficie, una forma inútil de actividad que los hombres se permiten porque con ella obtienen mayor satisfacción de la que pueden conseguir de otro modo. Mi pretensión en este artículo es ocuparme del problema de hasta qué punto la búsqueda de estas satisfacciones inútiles se revela inesperadamente como la fuente de la que deriva una utilidad insospechada.
Oímos decir con fastidiosa reiteración que la nuestra es una época materialista que debería tener como principal interés una más amplia distribución de los bienes y las oportunidades materiales. Así, la justificada protesta de aquellos que sin culpa alguna se ven privados de oportunidades y de un reparto justo de bienes mundanos aleja a un creciente número de jóvenes de los estudios seguidos por sus padres y los dirige hacia el estudio, igualmente importante y no menos urgente, de los problemas sociales, económicos y gubernamentales. No me quejo de esta tendencia. El mundo en el que vivimos es el único que nuestros sentidos pueden atestiguar. A menos que se construya un mundo mejor, un mundo más justo, millones de personas continuarán yendo a la tumba silenciosas, afligidas, llenas de amargura. Yo mismo he pasado muchos años defendiendo que nuestras escuelas deberían prestar mucha mayor atención al mundo en el que sus alumnos y estudiantes están destinados a vivir. Ahora bien, me pregunto a veces si esta corriente no ha cobrado excesiva fuerza y si habría suficientes oportunidades para una vida plena en el caso de que el mundo fuese despojado de algunas de las cosas inútiles que le otorgan significación espiritual. En otras palabras, si nuestra concepción de lo útil no se ha vuelto demasiado estrecha para adecuarse a las posibilidades errabundas y caprichosas del espíritu humano.
Podemos considerar esta cuestión desde dos puntos de vista: el científico y el humanístico o espiritual. Empecemos por el científico. Recuerdo una conversación que mantuve hace algunos años con George Eastman sobre el asunto de la utilidad. Eastman, hombre sensato, amable y clarividente, dotado de buen gusto musical y artístico, me había dicho que pretendía dedicar su vasta fortuna a promover la educación en asuntos útiles. Yo me atreví a preguntarle quién era para él el científico más útil del mundo. Respondió al instante: «Marconi». Pero yo le sorprendí diciendo: «Por más placer que nos proporcione la radio y por grande que sea la aportación de las transmisiones sin hilos y la radio a la vida humana, la contribución de Marconi fue casi insignificante».
No olvidaré su estupor en ese momento. Me pidió que se lo explicara. Le respondí algo como lo que sigue:
Señor Eastman, Marconi era inevitable. El mérito real por todo lo que se ha logrado en el campo de la transmisión sin hilos corresponde, en la medida que un mérito tan fundamental pueda asignarse a una sola persona, al profesor Clerk Maxwell, que en 1865 efectuó ciertos cálculos abstrusos y remotos en el campo del magnetismo y la electricidad. Maxwell reprodujo sus ecuaciones teóricas en un tratado que se publicó en 1873. A continuación, el profesor H. J. S. Smith de Oxford declaró en el congreso de la British Association que «ningún matemático puede recorrer las páginas de estos volúmenes sin darse cuenta de que contienen una teoría que ha supuesto ya una gran contribución a los métodos y recursos de las matemáticas puras». Otros descubrimientos, realizados durante los siguientes quince años, complementaron la obra teórica de Maxwell. Finalmente, en 1887 y 1888 el problema científico que permanecía aún abierto—la detección y demostración de las ondas electromagnéticas que transportan las señales de las transmisiones sin hilos—fue resuelto por Heinrich Hertz, que trabajaba en el laboratorio de Helmholtz en Berlín. Ni Maxwell ni Hertz tenían interés alguno en la utilidad de su trabajo; tal pensamiento ni siquiera se les pasó por la cabeza. Carecían de cualquier objetivo práctico. El inventor en sentido legal fue sin duda Marconi, pero ¿qué inventó Marconi? Tan sólo el último detalle técnico, en especial el aparato de recepción ahora obsoleto llamado «cohesor», casi universalmente desechado.