Prefacio
Galileo, observador e intérprete de los cielos
Ramón Núñez Centella y José Manuel Sanchez Ron
There are more things in Heaven
and Earth, Horatio, than are dreamt
of in your philosophy.
Shakespeare en Hamlet I.5 (1599/1601)
R ECORDAMOS y honramos a Galileo Galilei (1564-1642), aún cuatro siglos más tarde, por muy diversas razones. Porque se movió con igual gracia tanto en los dominios de la observación y experimentación como del razonamiento lógico, en la confianza y en la práctica de la necesidad cuantitativa al experimentar al igual que en el noble arte de la retórica discursiva (¿qué mejor manifestación de estas habilidades suyas que su inmortal Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo Tolemaico, e Copernicano de 1632?). También porque quiso y supo estudiar, con libertad de mente y minuciosa atención, fenómenos como el movimiento, de objetos en apariencia humildes —una lámpara que oscila, una bola que cae por un plano inclinado, una bala disparada por un cañón— y también de los majestuosos y distantes planetas. Además, porque no desdeñó ocuparse de cuestiones «prácticas», aquellas que enriquecían la vida diaria de profesionales, como diríamos hoy, que necesitaban, por ejemplo, herramientas e instrumentos como el compás de proporción, que perfeccionó en 1597 y dio a conocer en una obra publicada en Padua en 1606 bajo el título de Le operazioni del compasso geometrico, e militare»? No lo dijo así Galileo, sino que Bertolt Brecht lo imaginó en su mente, pero seguramente el científico pisano no habría puesto objeción a las palabras que el dramaturgo y poeta le adjudicó en su conmovedora y ejemplar Vida de Galileo: «Yo sostengo que el único objetivo de la Ciencia es aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los científicos, intimidados por los poderosos egoístas, se contentan con acumular Ciencia por la Ciencia misma, se la mutilará, y vuestras nuevas máquinas significarán sólo nuevos sufrimientos».
Naturalmente —¿podría ser de otra forma?— también lo admiramos y honramos porque se esforzó, buscando momentos y aliados propicios y contando con el maravilloso poder de su escritura y de sus razonamientos, por defender aquello en lo que creía: que el universo, el pequeño universo entonces conocido o adivinado, no era como la mayoría pensaba; que la Tierra no estaba inmóvil en el centro del cosmos, sino girando en torno al Sol, y que no era verdad que únicamente existía cambio y corrupción «por debajo» de la esfera lunar, esto es, en la Tierra. El hecho de que, al ser condenado por el Santo Oficio romano y amenazado con graves penas, hubiera de firmar con su puño y letra el 22 de junio de 1633, que «con el corazón sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los mencionados errores y herejías [la, decía, “falsa opinión de que el Sol sea el centro del mundo y que no se mueva y que la Tierra no sea el centro del mundo y se mueva”] y, en general, todos y cada uno de los otros errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia», no significa nada más que la fuerza bruta se puede imponer a corto plazo, pero que al final siempre pierde la batalla del juicio de la historia; así, al menos, sucedió con el hijo del músico Vincenzo Galilei (1520-1591).
De esta manera, la vida de Galileo y el legado que nos dejó no se limitan a la ciencia, adentrándose también en los no infrecuentemente procelosos mundos de la política y de la sociedad, algo que, pensamos, no hace sino acrecentar su humanidad y su grandeza. Desde este punto de vista, la presente publicación, que reúne y hermana las traducciones al castellano, catalán, gallego y vascuence de Sidereus nuncius, no se debe entender únicamente como una contribución más —aunque lo sea, y ciertamente distinguida— a las celebraciones del cuarto centenario de su publicación (1610), sino también como un acto de indudable significado sociopolítico y como manifestación de que el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología (MUNCYT) pretende servir lo más cabalmente posible a la estructura autonómica que nuestra Constitución ha dado a España.
Sidereus nuncius es un buen instrumento para servir a tal fin. Se trata de una obra tan breve como seminal; una obra que en realidad fue el fruto inesperado producido por un científico que hasta bien poco antes apenas había transitado por los caminos que conducen a contemplar los cielos (aunque, es cierto, que una de sus obligaciones como catedrático de Matemáticas de la Universidad de Pisa había sido en 1589 la de enseñar la astronomía ptolemaica), dedicándose sobre todo a estudiar fenómenos más cercanos. Recordemos en este sentido que entre sus primeros trabajos (1586-1587) se encuentran varios teoremas sobre el centro de gravedad de los sólidos, y que el primero de sus escritos publicado que se conserva es La bilancetta (1586), un pequeño tratado inspirado en Arquímedes; en concreto en el método que éste inventó para resolver el problema de si la corona que encargó el rey Hierón de Siracusa contenía la misma cantidad de oro puro que el monarca había proporcionado al orfebre. Galileo pensaba, y se enorgullecía de ello, que la balanza hidrostática que él inventó era la misma que había desarrollado Arquímedes. «Quienes leen sus trabajos», escribió en su tratado, «comprenden bien cuán inferiores son todas las mentes comparadas con la de Arquímedes, y qué pequeña esperanza queda de descubrir alguna vez cosas similares a las que él descubrió».
Sidereus nuncius (conocido como Mensajero sideral, y también bajo la acepción de Mensaje sideral) es un tratado corto escrito en Latín por Galileo Galilei y publicado en Venecia en marzo de 1610. Fue el primer tratado científico basado en observaciones astronómicas realizadas con un telescopio. Contiene los resultados de las observaciones iniciales de la Luna, las estrellas y las lunas de Júpiter. Su publicación se considera el origen de la astronomía moderna y provocó el colapso de la teoría geocéntrica.
Galileo Galilei
Noticiero sideral
Siderus nuncius
ePUB v1.1
Garland09.11.11
Notas
Un nuevo instrumento: el telescopio
En esas estaba cuando supo de la existencia de un nuevo instrumento, el catalejo, y aquello cambió todo: la dirección de sus investigaciones (durante algún tiempo, pues volvería a sus estudios sobre el movimiento de los cuerpos), al igual que su propia vida. Y no sólo esto: como es bien sabido, lo que vino después, al principio de manera más o menos discreta, luego como la explosión de una bomba cuyos ecos, casi cuatro siglos más tarde, todavía se escuchan: la publicación del Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo Tolemaico, e Copernicano y la condena de 1633 por el Santo Oficio romano.
En Sidereus nuncius, Galileo explicó cómo había llegado a construir el catalejo. Merece la pena citarlo en esta introducción:
«Hace ya alrededor de diez meses me llegó un rumor de que un cierto neerlandés había fabricado un anteojo, merced al cual los objetos visibles, aunque muy alejados del ojo del espectador, se veían nítidamente como si estuviesen cerca. Además, algunas experiencias de este efecto, ciertamente admirable, andaban de boca en boca, y mientras unos las creían, otros las negaban. Pocos días después, esa misma noticia la confirmó, por medio de una carta desde París, el noble galo Jacques Badovere».