Obra publicada bajo la edición de ALEPH universitaria (revista de la Universidad de Los Andes) en el 2008. En palabras de su autor: «Leyendo los relatos de Jiménez Ure uno siente estar en presencia de una especie de taumaturgo de la palabra, o de un demiurgo alquimista del verbo. Y, si cupiera duda respecto a esto último, ahí te va, lector, ese puzle a guisa de ejemplo: […] próceres impresos, máquinas de rodamiento, falotración anal, vidrioreflejo, multiaudifonovocal, claustromóvil […] Toda esta andanada (exhibición) de una prodigalidad ostentosa neo-logística revela una envidiable búsqueda».
Rafael Rattia
Jiménez Ure ante la crítica rattiana
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SebastiánArena 13.12.17
Título original: Jiménez Ure ante la crítica rattiana
Rafael Rattia, 2008
Diseño de portada: SebastiánArena
Editor digital: SebastiánArena
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RAFAEL RATTIA. Escritor venezolano (Delta del Orinoco, 1961). Historiador egresado de la Universidad de Los Andes (ULA). Fue director-fundador del Archivo Histórico del Delta, director de la Biblioteca Pública Central Andrés Eloy Blanco y coordinador de Actividades Literarias del Ateneo Internacional de Fronteras Casa de las Aguas. Ha publicado el poemario La pasión del suicida y dirige Laberintos de Agua, la página literaria semanal del diario Notidiario (Puerto Ordaz). Textos suyos han aparecido en el suplemento literario Verbigracia, el suplemento cultural de Últimas Noticias, El Impulso, Frontera y la revista Ateneo de Los Teques, así como en las revistas electrónicas El Invencionero, Casi Nada y Sólo Texto.
«[…] Recuerda que, por ahí, prolifera mucha brosa literaria presuntuosa y banal, y, no hay que permitir que tomen los lugares destinados a la buena literatura. Eres un excelente escritor y mereces ser tratado con la debida consideración que amerita un creador de tu estatura intelectual […]».
(RAFAEL RATTIA en misiva dirigida a Jiménez Ure desde el «Delta del Orinoco», Marzo de 1999).
I
¿Quién es ese tal Jiménez Ure?
(En los diarios El Impulso, Barquisimeto, Julio 16 de 1966 y Frontera, Mérida, Venezuela, Marzo 13 de 1997).
Es imposible que «pase desapercibido» por entre la hojarasca del inefable mundillo de la Literatura Nacional. Es el único escritor vivo, entre los nativos de esta «Tierra de Gracia», que ha tenido la osadía (valentía) de reclamar para sí el estatuto poco frecuente de «escritor de derecha». Porque, en nuestro remedo de país, escritor equivale a ser, más o menos, «de izquierda» (por aquello según lo cual escribir es un acto de insubordinación frente a los poderes establecidos).
Pocos intelectuales en Venezuela asumen, sin vergüenza de ninguna índole, la peligrosa condición de pensador «fascista»: «escéptico» y «pesimista ultramontano» en medio de tanto «izquierdismo teórico de pacotilla y bobalicón». Es, verdaderamente, asombroso que un escritor como Alberto Jiménez Ure ponga al servicio de sus convicciones políticas y filosóficas toda la cosmovisión que ostentan sus textos: ensayos, cuentos, novelas y artículos de opinión desparramados en la prensa nacional y revistas internacionales (de Colombia, Argentina, España y EEUU). Quisiera dejar constancia aquí, en esta breve crónica literaria, de mi admiración intelectual por este solitario de la Literatura Venezolana, por un esteta (cultor de la belleza) de la palabra escrita: por su terquedad en forjar una obra de creación, sin apoyo de los grandes centros burocráticos de la «Cultura Oficial» caraqueña que —al fin y al cabo— es la que subsidia y financia mediante padrinos y mecenas.
Cuando nuestros novelistas, cuentistas, poetas y ensayistas celebran y aplauden al bodrio «seudodemocrático de mecenazgo culturoso que mingonea» a la fatua élite culturocrática capitalina, nuestro Ciorán venezoano incendia las praderas de la modorra y el bostezo que signan las «artes verbales» de nuestro país. Y, conste que no pertenece a ningún «taller literario» ni grupo cultural alguno. Siempre se la pasa solitario, como extraviado, por entre las calles neblinicias de un perdido pueblo de Los Andes Venezolanos.
Muchas veces ha sido amenazado de muerte por culpa de lo que escribe, pero él como si nada: nunca se amilana y jamás lo he visto avergonzándose, abominando de una de sus comas o tildes, ni siquiera de algún signo de puntuación de su lacerante y perturbadora obra literaria y política. Jiménez Ure no parece de aquí; se me antoja, más bien, un «poeta maldito» del Romanticismo Francés del Siglo XVIII. A este escritor proscripto en las escuelas de letras de nuestro país, le encanta estremecer al somnoliento espíritu literario nacional: hoy envilecido por tantos escritorcillos y literatotastros que pululan cual enjambre de idiotas ilustrados, en revistas, suplementos y editoriales, con el fin de hacernos comer gato por liebre a los lectores, cosa muy difícil en espíritus librepensantes y avisados.
Si Ud., improbable e hipotético lector de estas líneas, aún no conoce la narrativa de Jiménez Ure, busque en la primera librería que encuentre a su paso una antología de sus cuentos o una de sus novelas. Para comenzar, Aberraciones o Dionisia no estaría mal: dos libros paradigmáticos que expresan, en su máximo esplendor, la Estética de la Podredumbre, del Apocalipsis, de la Tanatocracia, del Mal como único tema digno de ser tratado literariamente.
II
Cuentos abominables (Edición de la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1991).
En la revista El Reportero N.º 07, Mérida, Venezuela, Diciembre de 1991
Abominables titula Alberto Jiménez Ure su más reciente libro de cuentos, o relatos cortos. Gracias a la gentileza y gesto de solidaridad intelectual del autor, podemos tener acceso a uno de los discursos narrativos más fascinantes (por su naturaleza fantasmática, pero no exclusivamente por ello) que se han propuesto en el panorama ya bastante poblado de la prosa corta venezolana: representada por escritores nacidos en la «Década Turbulenta de los Años 50».
De los doce relatos que conforman el libro, sólo conocía dos. El primero bajo con denominación un tanto imprecisa: El ano antropófago. Debió titularse, más bien, El ano falófago. Este cuento lo leí en Imagen (revista que publica el Consejo Nacional de la Cultura, CONAC, en Caracas). El segundo que ya conocía lleva el título de Francotirador, cuya copia del original me hizo llegar el autor (mantenemos una relación epistolar desde hace —aproximadamente— dos años).
El primer cuento incluido en este volumen, sugerentemente titulado El zoológico de Pirandelo, insinúa una audaz fusión entre lo que podríamos denominar la chata y vulgar esfera de lo real dado («Hotel Los Páramos», por ejemplo) y el mundo imaginario individual del narrador. Sería más apropiado decir, cortazarianamente, «el universo del bestiario». Véase las invenciones de Jiménez Ure al respecto: «el