La razón por la que salto
Naoki Higashida
Introducción de David Mitchell
Adaptación al inglés de KA Yoshida y David Mitchell
Traducción de Jorge Rizzo
Título original: The Reason I Jump
© Naoki Higashida, 2007
Primera edición en este formato: abril de 2014
©de la adaptación al inglés: KA Yoshida and David Mitchell 2013 ©de las ilustraciones: Kai and Sunny 2013 ©de la traducción: Jorge Rizzo © de esta edición: Roca Editorial de Libros, S. L. Av. Marquès de l’Argentera 17, pral. 08003 Barcelona.
ISBN: 978-84-9918-817-1
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LA RAZÓN POR LA QUE SALTO
Naoki Higashida - David Mitchell
Cuando, con trece años, Naoki Higashida empezó a comunicarse a través de una parrilla de ideogramas diseñada por su madre estaba haciendo historia. Nunca antes un niño aquejado de un grado de autismo tan severo había conseguido transmitir, comunicarse, expresarse. Si bien las consideradas condiciones del espectro autista no son nunca exactamente iguales en dos personas, sí que comparten un rasgo: en mayor o menor medida, afectan su capacidad de comunicación e interrelación con los demás. Naoki consigue traducir su experiencia a un lenguaje comprensible para cualquier lector a través de preguntas como: ¿por qué los autistas habláis tan alto y tan raro?; ¿por qué os gusta poner vuestros coches de juguete en fila y ordenar todos los bloques de los juegos de construcción?; ¿por qué saltas?
Sus respuestas son optimistas y transmiten alegría de vivir, ternura y, sobre todo, nos presentan a alguien admirable de quien hay mucho que aprender.
ACERCA DE LOS AUTORES
NaokiHigashida nació en Kimitsu, Japón, en 1992. Se le diagnosticó autismo en 1998 y se graduó en 2011. Es autor de varios libros y mantiene un blog en el que escribe con regularidad. A pesar de su dificultad para comunicarse, ha conseguido dar charlas sobre autismo en Japón con el propósito de hacer esta condición más presente y reconocible en la sociedad. Naoki escribió La razón por la que salto cuando tenía trece años.
David Mitchell es autor de la reconocida novela El atlas de las nubes, que fue finalista del Man Booker Prize y ganadora de los British Book Awards Best Literary Fiction y South Bank Show Literature Prize. En 2003, fue seleccionado entre los mejores autores jóvenes de la revista Granta. Vive en Irlanda con su esposa y su hijo autista.
ACERCA DE LA OBRA
«Las respuestas de Naoki tumban algunas de nuestras creencias, como que el autismo conlleva necesariamente la imposibilidad de entender a los demás y el rechazo a la compañía. Una bella historia de esperanza y éxito.» I L C ORRIERE DELLA S ERA
«Uno de los libros más impresionantes que he leído. Realmente conmovedor, aclaratorio e increíblemente intenso.» J ON S TEWART, T HE D AILY S HOW
«La razón por la que que salto cuestiona en cada una de sus páginas la arraigada idea de que los autistas carecen de empatía, humor e imaginación.» T HE I NDEPENDENT
I NTRODUCCIÓN
E l autor de este libro, un chico de trece años, te invita a ti, lector, a imaginarte una vida en la que te hayan arrebatado la facultad de hablar. Explicar que tienes hambre, que estás cansado o que te duele algo queda tan fuera de tus posibilidades como charlar con un amigo. Pero me gustaría llevar el experimento algo más allá. Ahora imagínate que, después de perder la capacidad de comunicarte, de pronto, una suerte de director de escena que ordena tus pensamientos desaparece sin previo aviso. Lo más probable es que no tuvieras ni idea de que existía tal director, pero, ahora que se ha ido, te das cuenta (demasiado tarde) del trabajo que hacía y de lo importante que era para que tu mente funcionara durante todos estos años. Un aluvión de ideas, recuerdos, impulsos y pensamientos se te vienen encima, de un modo irrefrenable. Tu director controlaba ese flujo, desviando la gran mayoría de los conceptos y recomendándote un número minúsculo de ellos para someterlos a tu consideración. Pero ahora estás solo.
Ahora tu mente es una sala en la que veinte radios, cada una sintonizada en una emisora diferente, emiten voces y música a todo volumen. Las radios no tienen interruptor ni control de volumen; en la sala en la que te encuentras no hay puertas ni ventanas. Solo encuentras alivio cuando estás tan agotado que no puedes mantenerte despierto. Para empeorar aún más las cosas, otro director que hasta ahora habías pasado por alto desaparece sin previo aviso: era el que controlaba tus sentidos. De pronto, los estímulos sensoriales procedentes de tu entorno se te vienen encima, sin filtros de calidad y en un número apabullante. Los colores y las formas se confunden, y reclaman tu atención. El suavizante empleado para lavar tu suéter huele tan fuerte como si te hubieran rociado la nariz con ambientador. Tus cómodos tejanos rascan y parecen de madera. Tus sentidos vestibular y proprioceptivo también están desbocados, por lo que el suelo se menea como un transbordador en aguas turbulentas, y ya no tienes muy claro qué posición ocupan tus manos y tus pies en relación con el resto del cuerpo. Sientes las placas óseas de tu cráneo, los músculos faciales y la mandíbula; es como si tuvieras la cabeza atrapada en el interior de un casco de motorista que es tres tallas menor que la que debes usar, lo cual quizás explique (o tal vez no) por qué el zumbido del aire acondicionado te resulta tan ensordecedor como un martillo neumático; sin embargo, a tu padre (que está ahí delante) lo oyes como si te estuviera hablando a través de un móvil, desde un tren que atraviesa una serie de cortos túneles, en chino cantonés fluido; a partir de ahora cualquier idioma se convertirá en un idioma extranjero. Incluso has perdido la sensación del tiempo, con lo que eres incapaz de distinguir entre un minuto y una hora, como si hubieras quedado atrapado en un poema de Emily Dickinson sobre la eternidad o en una película de ciencia ficción. No obstante, los poemas y las películas acaban en algún momento, mientras que esto es ahora tu nueva realidad. El autismo es para toda la vida. E incluso la palabra «autismo» deja de tener sentido, como si te dijeran 自閉症 o αυτισμος́ o अटिजम
Agradeceré al lector que llegue hasta el final, aunque el final de verdad para estas personas, en la mayoría de los casos, suele implicar la sedación y el ingreso en un psiquiátrico, y más vale no especular con lo que puede venir luego. Por otra parte, las personas que nacen con una patología del espectro del autismo tienen que vivir con esa perspectiva descontrolada, desbocada y aterradora. Las personas con autismo se pasan la vida intentando aprender a simular esas funciones que la genética nos ha concedido a todos los demás al nacer (esos «directores»). Es una labor intelectual y emocional de dimensiones hercúleas, sisíficas, titánicas. Si no podemos considerar a las personas con autismo héroes por enfrentarse a tamaño reto, pues entonces yo ya no sé qué es el heroísmo, aunque estos héroes, claro, no tengan elección. La conciencia y la percepción sensorial no es algo que puedan darse por sentado, sino algo que requiere un duro esfuerzo y una labor de mantenimiento constante. Y, por si eso no fuera bastante, los autistas tienen que sobrevivir en un mundo en el que las «necesidades especiales» suelen asociarse con «retraso», en el que los colapsos y los ataques de pánico se ven como pataletas, en el que muchos consideran que las solicitudes de ayuda para discapacitados no son más que maniobras para aprovecharse de la Seguridad Social… En un mundo en el que un ministro francés puede usar la palabra «autista» para definir la política exterior británica (el señor Lellouche se disculpó posteriormente, pues dijo que ni se le había ocurrido que el adjetivo hubiera podido ser motivo de ofensa; no lo dudo).