Las artes decorativas
[Transcripción de una conferencia pronunciada por Oscar Wilde el 3 de octubre de 1882 en Fredericton, Canadá]
En la conferencia de esta noche no quiero ofrecerles ninguna definición abstracta de la belleza: uno puede prescindir perfectamente de la filosofía si se rodea de objetos hermosos. Lo que quiero es comentarles qué hemos hecho y qué estamos haciendo en Inglaterra para encontrar a aquellos hombres y aquellas mujeres de gran conocimiento y poder de diseño, cómo son las escuelas de arte que están a su disposición, y señalarles el noble uso que le damos al arte cuando lo orientamos a la mejora de las labores manuales de nuestro país. Creo que toda ciudad produce cada año cierta cantidad de conocimiento e intelecto artístico, y nuestro propósito es desarrollar dicho intelecto y usarlo para la creación de objetos hermosos.
Pocos negarán que se perjudican a sí mismos y a sus hijos si se mantienen ajenos a la belleza de la vida, a eso que denominamos arte, ya que el arte no es un mero hecho fortuito de la existencia que podamos dejar de lado, sino una gran necesidad humana, a menos, claro, que no queramos vivir como lo ha dispuesto la naturaleza; es decir, a menos que nos contentemos con ser menos que humanos.
Ahora bien, una de las primeras preguntas que me harán es: «¿A cuál de las artes debemos dedicarnos en este país?». Me parece que lo que más necesitan aquí no es el fomento de las variedades superiores del arte imaginativo, como la poesía y la pintura, porque estas pueden cuidarse solas: sus éxitos y fracasos están más allá de nuestro imperio. Sin embargo, sí existe un arte que uno puede ayudar a florecer, y ese es el arte decorativo, el que reviste de santidad lo cotidiano y ejerce su influencia en los hogares más humildes y sencillos. Si uno promueve la cultura artística mediante el embellecimiento de los elementos que lo rodean, es seguro que el resto de las artes también prosperarán con el tiempo. El arte del que les hablo será un arte democrático, hecho por las manos del pueblo y para el beneficio del pueblo, pues la verdadera base de cualquier disciplina artística consiste en cubrir de belleza las cosas que nos son comunes a todos, y en impulsar y desarrollar esta práctica entre los artesanos de nuestra época.
¿Y qué significa el término «arte decorativo»? En primer lugar, denota el valor que el artífice le otorga a su obra: es el placer que debe sentir al crear algo hermoso. Para progresar en las artes decorativas, para crear alfombras o empapelados con diseños puros y elegantes, e incluso para idear y plasmar esas hojitas o parras que vemos en el borde de nuestras tazas, se necesita algo más que trabajo mecánico, hace falta delicadeza en la ejecución, gusto cultivado y nobleza de carácter. Lo que distingue a las buenas obras de arte del resto no es la exactitud o la precisión, ya que esos atributos podrían lograrse con una máquina, sino la dulce y encantadora vitalidad espiritual e intelectual con que el autor las ha creado.
A nadie le gusta producir obras defectuosas o fraudulentas; en todos los corazones anida el anhelo de lo artístico; y la bella decoración con la que nos encanta rodearnos, y que denominamos arte, tiene un significado profundo y sagrado que va más allá del mero valor económico de la mano de obra, un significado que ubica los decorados muy por encima de su precio usual, ya que en ellos distinguimos la palpitante alegría y las cumbres de placer intelectual que solo conoce la persona que crea cosas bellas. Así, toda obra buena o decorado de calidad que encontramos es una señal inequívoca de que el autor no solo ha trabajado con las manos, sino también con el corazón y la cabeza.
Sin embargo, no se pueden obtener obras buenas a menos que el artesano cuente con diseños racionales y hermosos; si el diseño es mediocre, también lo será la obra; y si la obra es mediocre, también lo será su artífice; pero un diseño realmente bueno, en cambio, producirá artesanos de gran consideración, cuyo trabajo será hermoso por hoy y por siempre. Denle al artesano diseños nobles, dignifiquen y ennoblezcan su trabajo, y así dignificarán y ennoblecerán su vida. Supongo que el poeta cantará y el artista pintará por más que el mundo lo felicite o lo calumnie: él vive en su propio mundo y es independiente de los otros hombres; pero el artesano común y corriente depende casi por completo de la satisfacción y opinión de ustedes, al igual que de las influencias que lo rodean, para adquirir sus conocimientos sobre la forma y el color. Por ende, es de vital importancia que se le suministren diseños nobles de mentes originales, para que pueda adquirir aquel temperamento artístico sin el cual la creación del arte, la comprensión del arte, e incluso la comprensión de la vida son imposibles.
Una vez que el artista y el poeta le han suministrado al artesano diseños, pensamientos e ideas de gran belleza, es crucial entonces que se honre al artesano por plasmarlos, alentándolo con afecto y brindándole las comodidades de un ambiente placentero. Porque el mayor obstáculo que ustedes enfrentan para su desarrollo artístico no es la falta de interés o amor por el arte, sino el hecho de que no honran al artesano lo suficiente ni le dan el reconocimiento que deberían. Todo arte comienza necesariamente por el artesano, y es su obligación ubicarlo de nuevo en el lugar que le corresponde. Hasta que eso suceda, el arte quedará confinado a una minoría. Para que este no sea apenas un lujo de los ricos y ociosos, deberíamos considerar como algo sublime el hecho de participar en el embellecimiento de nuestras casas. Tampoco habrán honrado al artesano como es debido hasta que no vean que no existe profesión más noble para sus hijos que la creación de lo bello; tenemos que estar dispuestos a entregar a estos oficios a nuestros mejores jóvenes, y cuando ustedes cuenten con diseños nobles, atraerán a estos muchachos y muchachas de verdadero refinamiento y erudición para que se pongan a su servicio.
¿Quieren que les diga cuál fue el avance artístico más práctico de los últimos cinco años en Inglaterra? Fue este: de los jóvenes que estudiaron conmigo en Oxford, hombres de buena posición social, buen gusto y gran erudición, uno se dedica ahora a diseñar muebles, otro a labrar metales, aquel otro a intentar resucitar el arte perdido de la tapicería, y así sucesivamente. En efecto, es tal el progreso que se ha logrado en Inglaterra durante el último lustro en todas las ramas de las artes decorativas, que espero verla una vez más a la cabeza del resto de las naciones en el fomento y desarrollo del arte, y en el apoyo a quienes aman perpetuar la belleza a su alrededor a través de sus manualidades.
No obstante, nos dicen que esta es una época práctica, que en medio de tanta prisa los hombres de negocios no tienen tiempo de pensar en ornamentos delicados y que, en el apuro por llegar a tiempo a la estación del tren, nadie puede detenerse a examinar el diseño de la alfombra que está pisando. Nos dicen que podemos prescindir de toda ornamentación, mientras los artículos que usamos todos los días sean fabricados con honestidad.
Es cierto, el trabajo honesto es esencial para el progreso en cualquier época práctica, ¿pero acaso vivimos en una época honesta? Este siglo se ha caracterizado por la deshonestidad de la mano de obra y ha producido más basura que cualquier otro. Todo propietario que quiere amoblar su nueva residencia lo confirma cuando descubre que sus alfombras están mal diseñadas, mal tejidas y teñidas con anilinas baratas, y que se decoloran y desgastan con el sol de un solo verano; los muebles están hechos a máquina, y en gran parte ni siquiera se los ensambla como se debe, sino que simplemente se unen las piezas con pegamento, y el conjunto se desarma y deforma en menos de cinco años. Lo sorprendente es que no vivimos al aire libre. No debemos dejarnos engañar por quienes quieren trazar una línea divisoria entre lo bello y lo útil. La utilidad siempre estará del lado de los artículos hermosamente decorados y de la habilidad del trabajador.