Los libros del placer
Ernesto Priani Saisó
Los libros del placer
Azul Editorial
Autoría
Ernesto Priani Saisó
A Pepita Saisó Sempere.
Mi madre
Introducción
1. Dioses tutelares
El libro La historia de las drogas de Antonio Escohotado ofrece al lector algo más que la simple narración histórica de aquellos hechos culturales y políticos que han dado cuerpo a esa particular relación del hombre con las drogas. Regala, además, el esbozo de una historia de las costumbres y de las prácticas humanas, aquí vinculadas al consumo de fármacos, pero que permite intuir consecuencias fuera de ese ámbitro.
Para el lector desapercibido, como lo fui yo mismo, el libro es capaz de demoler hasta los cimientos más sólidos de las propias creencias. El mérito radica más en mostrar que en argumentar. En efecto, lo que con más contundencia ataca la comodidad de nuestras convicciones no es otra cosa que el enseñar, simplemente, que otros han hecho aquello a lo que hoy tememos. El libro tiene el mismo efecto que el de mirar a alguien hacer algo a lo que no nos atrevemos, y además salir intacto de la experiencia. Por encima de la sensación de ridículo, lo que prevalece es en realidad una certidumbre: las cosas bien pueden ser de otra manera; a lo mejor, el temor es sólo un fantasma sin fundamento.
Lo que hay en el texto de Escohotado es otra forma de argumentar en filosofía y, particularmente, en ética, en la que la lógica de la argumentación se ve consolidada en la sustancia de los hechos. No se trata, por supuesto, de que corrobore sus afirmaciones teóricas en hechos empíricos, al modo de la ciencia, sino que exhibe las costumbres históricas como la otra cara de nuestras propias costumbres.
La historia y la narración histórica pueden otorgar hoy a la reflexión filosófica y ética la visión del uso práctico de las ideas en la percepción de la experiencia de la vida. Su encarnación, por decirlo así, en la conducta humana.
Esto es particularmente importante en estos días aciagos de la suspicacia y la sospecha. Juliana González ha trazado claramente en Ethos, destino del hombre los alcances de la crisis que caracteriza a este fin de siglo.
No se trata sólo de una crisis teórica que se produzca en el ámbito de la filosofía o de las ciencias humanas. Es crisis vital que irradia en todas direcciones e invade los diversos campos de la existencia.
Esta situación, que ha hecho entrar en crisis «la razón misma y el sujeto en su propia interioridad», ha tenido el efecto de hacer vana la sola argumentación teórica. De hecho, ha llegado a poner en jaque la validez del puro ejercicio reflexivo, como proveedor de certezas y certidumbres en todos los órdenes, pero de manera crucial, para el propio individuo en sus convicciones y costumbres.
En consecuencia, la incorporación de la narración histórica en la forma en que lo ha venido haciendo la llamada historia de las mentalidades, ofrece un nuevo cuerpo a la exposición de razones, gracias a un principio de certidumbre distinto al del ejercicio del puré pensar: la constancia de la experiencia del pensamiento, su condición de uso en la práctica cotidiana.
No se trata entonces de apelar a la universalidad de la razón, sino a su historia; a la «vida» de las ideas, como una forma de mostrar que no constituyen ficciones o creencias acomodaticias a conveniencia, sino expresiones de un modo de vida cuyos rasgos generales, inevitablemente compartimos. Esto es especialmente importante cuando hablamos en concreto de las ideas éticas.
«La historia —ha escrito Juliana González— tiene importe ontológico» y, precisamente por ello, el que en apariencia es un argumento más a favor de la relatividad de los valores y de nuestras concepciones en general, se torna en una prueba de su contrario: la universalidad de la condición humana.
Así, la historia de la ética, que devendría ella misma en ética, sería como ha señalado Ernst Júnger, una historia in nuce.
Esta última [la concepción cíclica de la filosofía de la historia] ha de ser completada por el conocimiento de la historia in nuce, el tema, que sufre variaciones en la infinita diversidad del espacio y el tiempo, es siempre el mismo; en ese sentido hay no sólo una historia de la cultura, sino también una historia de la humanidad, y esa historia es precisamente historia en la sustancia, historia in nuce, historia del ser humano.
2. Los términos de la inquietud
El placer es uno de los temas de esta historia; uno, además, que ha pasado a ser en nuestros días el centro de la discusión ética. Gilles Lipovetsky ha definido este fin de siglo como la época del placer. Proposición audaz y cierramente polémica, que sin embargo, atina en su diagnóstico, a pesar de ser complaciente con el modo como los hombres abordan hoy su relación con el placer. Es decir, que no percibe que si éstos son los días del goce, lo son no porque el placer sea solución satisfactoria para los interrogantes de la vida, sino porque, al contrario, se ha tornado problemático, incluso me atrevería a decir que se ha convertido en la fuente principal de incertidumbre. Y es precisamente esto lo que me propongo abordar aquí.
No se trata sin embargo, de discurrir acerca de la naturaleza del placer, ni de indagar sobre el hedonismo o el epicureísmo como doctrinas sobre el goce, ni de elaborar una historia de las ideas filosóficas sobre el tema. En realidad, esta investigación se propone hacer historia, necesariamente fragmentaria e incompleta, de los modos positivos a través de los cuales el hombre ha planteado, dentro del mundo occidental, sus relaciones con el placer.
La intención es sumar a la reflexión filosófica el espíritu de la historia in nuce. Esto es, mostrar cómo los hombres han hecho uso práctico de sus ideas sobre el placer, a través de la elaboración del significado de la sensación placentera en un momento dado de la historia, y que son el trasfondo de nuestra inquietud contemporánea. Ésta pretende ser, en sentido estricto, una historia de la práctica ética del placer. Una reflexión alrededor de las variaciones que tiene el tema del placer a lo largo de la historia. Sus implicaciones en la construcción de la subjetividad y en la creación de horizontes éticos.
3. Metodología
¿ Cómo construir una historia de la práctica ética?
En primer lugar, hay que advertir que no se trata sólo de rastrear y registrar las prácticas como tales. Los datos menudos como las 500 libras diarias que Oscar Wilde invertía en ir al Music Hall, almorzar en el Café Royal o en Berkeley, cenar en el Savoy o en Title Street y tomar una copa en Willys, en compañía de su amante Arthur Douglas pueden ser valiosos para el historiador, pero son insuficientes para el filósofo. Es necesario, entonces, poner ese dato en relación con la conducta del sujeto pero no sólo, también hace falta indagar de qué forma es vista ésta por el individuo mismo, y la forma en que es valorada como conducta deseable a partir de los problemas, los valores y las metas que él mismo ha adoptado para regir su vida, y que es donde de hecho, se juega la experiencia ética.
Esto implica un problema de orden metodológico: ¿cómo definir esta relación entre concepciones morales y problemas éticos del sujeto en relación con su conducta? La cuestión se complica si tenemos en cuenta que no se trata de explicar los mecanismos que obligan a actuar de tal o cual manera; es decir, las fuerzas represivas a las que atribuimos cierto grado de determinación sobre la conducta, sino las razones por las que los hombres consideran deseables ciertas conductas con la intención de transformarse.
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