El regalo del fracaso
© 2017 por HaperCollins Español
Publicado por HarperCollins Español, Estados Unidos de América.
Título en inglés: The Gift of Failure
© 2015 por Jessica Lahey
Algunos nombres se han cambiado para proteger la identidad de los niños descritos en este libro.
Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación, o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —mecánicos, fotocopias, grabación u otro—, excepto por citas breves en revistas impresas, sin la autorización previa por escrito de la editorial.
Editora en Jefe: Graciela Lelli
Traducción: Ana Belén Fletes Valera
Diseño interior: Grupo Nivel Uno, Inc.
Epub Edition March 2017 ISBN 9780718095819
ISBN: 978-0-71809-580-2
Impreso en Estados Unidos de América
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PARA BENJAMIN Y FINNEGAN
Os conozco a todos, y por ahora he de seguiros
La vena desatada de vuestra ociosidad.
De este modo imitaré al sol,
Que permite a las viles y malsanas nubes
Ahogar ante el mundo su belleza
Para que, añorado, cuando le plazca
Ser de nuevo él mismo, se le admire
Al brillar entre las nieblas inmundas
Que parecían asfixiarlo.
Si todo el año fuese un día de fiesta,
El juego aburriría como el trabajo,
Pero, cuando escasea, la fiesta es deseada,
Pues la rara ocasión es lo que gusta.
Así que, cuando deje esta vida disipada
Y pague la deuda que nunca prometí,
Desmentiré las expectativas de la gente
Mostrándome mejor que mi palabra
Y, como un metal radiante en fondo oscuro,
Mi transformación brillará sobre mis culpas
Con más luz y más admiración
Que lo que nunca puede resaltarse.
Ofendiendo, haré un arte de la ofensa,
Redimiendo el tiempo cuando menos crean.
Príncipe Hal, Primera parte, I. ii, Enrique IV
CONTENIDO
Guide
INTRODUCCIÓN
CÓMO APRENDÍ A CEDER EL CONTROL
T UVE A MI PRIMER HIJO y comencé a trabajar como profesora de secundaria el mismo año, y estas dos ocupaciones, en cierto modo gemelas, son las que han marcado mi manera de criar a mis hijos y de enseñar a mis alumnos. En algún momento de los primeros diez años como madre de dos hijos y profesora de cientos de alumnos, comencé a tener una desagradable sensación de inquietud, la sospecha de que algo no marchaba bien en mi manera de educar a mis hijos. Pero hasta que mi hijo mayor no llegó a la secundaria, hecho que hizo colisionar mis dos mundos, no vi realmente el problema: la educación parental de hoy en día, ese afán de sobreprotección por parte de los padres y de evitar el fracaso, no ha hecho más que minar la competencia, la independencia y el potencial académico de toda una generación. Desde la perspectiva ventajosa que me proporcionaba mi posición al frente de una clase, siempre me había considerado parte de la solución, la impulsora de la valentía intelectual y emocional de mis estudiantes. Sin embargo, cuando esa misma cautela y ese mismo miedo que veía en mis alumnos se hicieron patentes en la vida de mis propios hijos, tuve que admitir que yo también era parte del problema.
Hemos enseñado a nuestros hijos a temer el fracaso, cegándoles con esa actitud nuestra el camino más seguro y evidente hacia el éxito. Está claro que no era esa nuestra intención, que solo lo hacíamos por su bien y con la mejor intención, pero sea como fuere eso es lo que hemos hecho. Nuestro amor y nuestro deseo de proteger la autoestima de nuestros hijos nos han llevado a allanarles el camino que confiábamos los conduciría al éxito y la felicidad, eliminando todos los baches incómodos y todos los obstáculos con el fin de dejárselo perfectamente liso. Lamentablemente, al hacerlo les hemos hurtado el aprendizaje de las lecciones más importantes de la infancia. Los contratiempos, las equivocaciones, los errores de juicio y los fracasos que hemos apartado del camino de nuestros hijos son precisamente las experiencias que les van a permitir convertirse en unos ciudadanos ingeniosos, constantes, innovadores y resilientes.
De pie en mi aula de secundaria el día que experimenté mi epifanía personal, mirando a los alumnos que tenía delante y viendo con claridad por primera vez lo que había estado haciendo con la educación de mis propios hijos, decidí hacer lo que fuera necesario para poner tanto a mis hijos como a mis alumnos nuevamente en el camino hacia la competencia y la independencia. El camino no es llano, te aseguro que no resulta fácil avanzar, pero esa es justamente la cuestión. Los padres tenemos que hacernos a un lado, dejar los obstáculos allí donde se presenten, y permitir que nuestros hijos se enfrenten a ellos. Con nuestro apoyo, amor y mucha contención, nuestros pequeños pueden aprender a concebir soluciones y a asfaltar su camino hacia el éxito, un camino diseñado por ellos mismos.
LA INCOMODIDAD QUE SENTÍA RESPECTO a mi manera de educar a mis hijos iba en aumento desde hacía un tiempo, pero no sabría decir con certeza en qué me había equivocado. Leía todos los blogs sobre educación parental, desde los más moderados a los más entusiastas, y también leía libros llenos de consejos expertos sobre cómo criar niños felices y sanos. Sin embargo, me daba cuenta de que algo no iba bien a medida que mis hijos se acercaban a la adolescencia. Eran buenos chicos, equilibrados, pero yo no conseguía quitarme de encima la sensación de que no iban a estar preparados cuando les llegara el momento de salir a ver mundo. Eran unos chicos seguros de sí mismos y triunfadores, siempre y cuando se mantuvieran dentro del refugio que yo había creado para ellos, pero ¿sabrían manejarse ellos solos llegado el momento? Había investigado, planificado y construido con éxito una cómoda infancia para ellos y no había sido capaz de enseñarles cómo adaptarse al mundo de acuerdo a sus términos.
Jamás pretendí que fueran unos inútiles, temerosos del fracaso, y por supuesto nunca quise que tuvieran que preocuparse por nada. Al contrario, creí que mis hijos se convertirían en personas valientes, algo similar a la aventura en libertad que había vivido de niña. Yo quería que salieran al campo con una navaja y un par de galletas en los bolsillos, que construyeran fuertes en los árboles, que disparasen a unos enemigos imaginarios con flechas fabricadas a mano y que se bañaran en las piscinas naturales del pueblo. Yo quería que tuvieran la oportunidad y el valor de probar cosas nuevas, de explorar sus límites e ir un paso, y de trepar una rama más alta de lo que les pareciera seguro.
Pero por alguna razón, en alguna parte, aquella versión idílica de la infancia se transformó en algo muy diferente, una carrera despiadada y competitiva por llegar a lo más alto. Hoy en día, pasar una tranquila tarde en el campo se les antoja una pintoresca vuelta atrás en el tiempo porque la presión de triunfar desde pequeños se ha redoblado tanto para los padres como para sus hijos. Nunca remite, y nuestros niños ya no tienen tiempo para salir a dar un paseo por el campo, ya no tienen oportunidad de tratar de salir ellos solos del barro. En la nueva realidad actual, cada momento cuenta, y cuánto mayores son los éxitos de nuestros hijos en el área académica, deportiva o musical, mejores padres nos consideramos. La carrera hacia lo más alto comienza con sus primeros pasos y no termina hasta conseguir un sueldo de seis cifras y una movilidad socioeconómica ascendente. Y, además, una madre que deja que sus hijos jueguen en el campo cuando deberían estar haciendo los deberes, con los bolsillos repletos de gluten y azúcar, y armados hasta los dientes con navajas y flechas es una madre negligente.