Guillermo
Rodríguez González
Libres
de envidia
[ La legitimación de la envidia
como axioma moral del socialismo]
© 2015 Guillermo Rodríguez González
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A la memoria de mi madre,
Odila González de Rodríguez
(1925-2014)
Í ndice
Agradecimientos
Debo agradecer a Bertha Pantoja, Thomas Chacón y Canek Sandoval, porque de sus inteligentes comentarios al ensayo en que inicialmente traté el tema partió el trabajo de ampliarlo hasta este modesto libro.
A Luis Silva-Ball y su equipo de Estudiantes por la Libertad Venezuela les agradezco que organizaran la serie de conferencias que me permitieron discutir el tema con una amplia gama de estudiantes y docentes; también a mis colegas investigadores del Centro de Economía Política Juan de Mariana, Eugenio Guerrero, Pablo Sánchez, Gabriel Salas y Fernando Pastran, que leyeron, analizaron detalladamente y criticaron el texto, permitiéndome mejorarlo notablemente. Eugenio organizó encuentros de discusión adicionales muy significativos, y el aporte de Fernando en las enriquecedoras discusiones que tuvimos sobre el tema me condujo a la necesidad de agregar el epílogo.
A Gabriel Zanotti le agradezco que en medio de una etapa de intenso trabajo académico se tomara la molestia de leer y prologar este libro. Su prólogo me dio una visión de mi propio trabajo a la que jamás hubiera llegado por otra vía; generalmente, es precisamente ese el tipo de conocimiento que aprendo de Gabriel.
Y al final de la lista, pero no por ello de menor importancia, agradezco, por un lado, a mi editor, Juan Pablo Marcos, su interés en este trabajo y los valiosos aportes que para mejorar la presentación le debo; y, por otro lado, a Ignacio Pablo Rico su muy notable esfuerzo para mejorar mi enrevesado y arcaico estilo, así como su amable tolerancia con mis dificultades insuperables para explicarme de manera menos elíptica en ciertos casos. Vale decir que todos los defectos del libro son producto única y exclusivamente del autor, en tanto que mucho de lo mejor que tiene se debe a los mencionados y a otros que, descortesmente, en este momento no he recordado.
Prólogo
por Gabriel J. Zanotti
«Los liberales aún somos, en algún sentido, hijos del iluminismo, por más que nos aclare Hayek que hay dos racionalismos, uno verdadero y otro falso, explicándonos en la tradición de Hume los límites de la razón, un cierto espíritu “de las luces” está entre nuestros propios prejuicios empeñado en creer, contra toda evidencia, que la razón, con sus limitados poderes, tiene que ser más que suficiente para superar arraigados prejuicios anclados en hondos sentimientos».
Con esta contundente e importantísima afirmación, Guillermo Rodríguez González nos da pie para introducir su ensayo sobre la envidia y su relación con el socialismo.
En efecto, pocas veces, dentro de los ambientes liberales clásicos o libertarios, los temas psicológicos son abordados en profundidad. Nos manejamos bien en Economía, Derecho Filosofía Política y Filosofía, tratamos de argumentar racionalmente, estudiamos, leemos, escribimos, y entonces, desde allí, tratamos de «convencer al otro». Pero «el otro» no se convence, no nos escucha, no nos lee. Y nos preguntamos entonces qué pasa con nuestra didáctica, qué cosa hemos hecho mal, etc. Y seguimos haciendo seminarios, cursos, a veces con mucho público, que ya está convencido, claro. Mientras tanto, el socialismo sigue avanzando y en las horas más amargas uno llega a plantearse realmente si el mundo está loco o el loco es uno mismo.
Ni una cosa ni la otra. Nos falta un aspecto importante en todos nuestros estudios. No hemos profundizado suficientemente en las razones psicológicas de los movimientos de masas que son la base de todo socialismo. Las masas no son psicóticas en el sentido técnico del término: están alienadas, que es diferente, y nosotros tampoco estamos locos: sencillamente somos demasiado racionales en un mundo social que se maneja con otros parámetros. Ser conscientes de ello nos evitaría muchas angustias y nos permitiría enfocar nuestra acción política de modo diferente. Y en este sentido, el libro de Guillermo Rodríguez González es un paso muy importante.
Hay tres temas que nos ayudarían mucho. En primer lugar, los orígenes psicológicos de la alienación, explicado de manera casi insuperable por Freud en Psicología de las masas y análisis del yo . Esa tesis freudiana, no histórica sino simbólica de lo más profundo e inconsciente de la psiquis, nos muestra que las masas alienadas son inmunes a todo discurso racional. Solo un estadista, que haga una transferencia social, puede sacarla de su encantamiento.
Fromm colaboró de igual modo explicando que las neurosis escondidas detrás de los fenómenos sadomasoquistas están en el fondo de variadas circunstancias históricas y, por ende, también en los autoritarismos del siglo xx .
Frankl aporta su propia visión logoterapéutica a la dialéctica del amo y del esclavo. La pérdida del sentido de la existencia fomenta la búsqueda de un «sentido prestado», que es proporcionado por el «amo», que también encuentra en ese poder el sentido de su vida. El cerrojo no podría ser mayor: esclavo y dictador se ensamblan de manera simbiótica en una rela ción que anestesia su profundo sin sentido, una anestesia tan fuerte, un macabro sueño tan profundo, que es casi imposible despertarlos.
Nuestro autor no se queda atrás. Tomando elementos de Schoeck y de Hayek elabora una síntesis tal que es un novedoso aporte en esta dirección. Primero reseña, en una magnífica síntesis, la evolución del Estado de Derecho, al estilo Hayek. Pero ello le da pie para introducir lo central de su tesis. Porque en la evolución del orden espontáneo, que es el paso de la sociedad tribal a la gran sociedad, esto es, el orden extenso del mercado, no hay que suponer que el individuo adaptado al mercado ha olvidado los instintos atávicos de la sociedad tribal. No, ellos subsisten al mismo tiempo que se desempeña aparentemente sin problemas en instituciones liberales y en los intercambios del mercado.
O sea:
Una de estas «pulsiones atávicas» (y aquí viene el aporte de Schoeck) es la suposición de igualdad. Las sociedades tribales son sociedades «hermanadas», al decir de Freud; toleran que el «jefe de la horda» distribuya la riqueza pero siempre reclamando la igualdad distributiva. Las desigualdades conforme a los aportes al mercado son ajenas a sus vivencias. Cuando estas comienzan a aparecer, hay un esfuerzo adaptativo, pero, como Freud diría nuevamente, se produce cierto «malestar».
El resultado de todo esto (capítulo III de este ensayo) es el salvaje. A modo de tipo ideal weberiano, el salvaje es ese individuo que, apenas bajan las defensas del orden civilizatorio del mercado, es capturado por los virus latentes de sus pulsiones tribales originarias. Ese salvaje es el enemigo interno de toda sociedad abierta, de todo orden constitucional, de todo mercado.
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