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David Simon - Homicidio. Un año en las calles de la muerte

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David Simon Homicidio. Un año en las calles de la muerte
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    Homicidio. Un año en las calles de la muerte
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Homicidio. Un año en las calles de la muerte: resumen, descripción y anotación

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—Te acabas de ganar que presente un cargo contra ti, mentirosa de mierda.
—Yo no he mentido.
—Que te jodan. Te voy a acusar.
El inspector jefe indica a la mujer que vaya a la pequeña sala de interrogatorios, donde se hunde en la silla y pone las piernas encima de la mesa de fórmica. La minifalda le queda a la altura de la cadera, pero Landsman no está de humor para disfrutar el hecho de que la mujer no lleva nada debajo. El deja la puerta ligeramente entreabierta y le grita a Pellegrini a través de la sala entera.
—¡Hazle lo de la activación de neutrones a esta zorra! —grita antes de cerrar la puerta insonorizada de la pequeña sala de interrogatorios, dejando a la chica preguntándose qué tipo de tortura tecnológica le espera. Una prueba balística de detección de bario y antimonio —elementos que dejan residuos al disparar un arma de fuego— sólo requiere una muestra que se toma de las manos de forma totalmente indolora, pero Landsman quiere que la mujer se recueza pensando en ello, con la esperanza de que esté dentro de aquel cubículo imaginándose que alguien va a irradiarla hasta que brille como una bombilla. El sargento. El sargento golpea la puerta metálica con la palma de la mano una última vez para dar el énfasis adecuado a sus palabras, pero la rabia se desvanece antes de regresar a la oficina de la brigada. Una actuación perfecta —de nuevo un clásico de Landsman— realizada con entusiasmo y sinceridad en exclusiva para la zorra mentirosa de la minifalda amarilla.
Pellegrini sale de la sala del café y cierra la puerta.
—¿Qué dice la tuya?
—Que ella no vio nada —dice Pellegrini—. Pero que tu chica sabe lo que pasó.
—Joder, pues claro que lo sabe.
—¿Qué quieres que hagamos?
—Toma una declaración a tu chica —dice Landsman, gorroneándole un cigarrillo a su detective—. Yo voy a dejar a esta sentada ahí dentro un rato y luego volveré y la joderé viva.
Pellegrini regresa a la sala del café y Landsman se deja caer en una silla de oficina. De la comisura de sus labios emerge humo de cigarrillo.
—A la mierda —dice Jay Landsman a nadie en particular—. No voy a tragarme dos casos abiertos en una sola noche.
Y así da comienzo un ballet nocturno y poco elegante, con los testigos deslizándose uno frente al otro bajo la luz pálida de los fluorescentes, siempre flanqueados por un inspector cansado e impasible que con una mano mece un café solo, y con la otra, un puñado de hojas de declaración en blanco para recoger la siguiente ronda de medias verdades. Se grapan, inicializan y firman las hojas, los vasos de poliestireno se rellenan y se reparten cigarrillos hasta que los detectives se reúnen de nuevo en la sala de la brigada para comparar apuntes y decidir quién miente, quién miente más y quién es el que más miente. Dentro de una hora, Fahlteich regresará de la escena del crimen y del hospital con suficientes detalles sacados de la única testigo honesta que fue enviada a la comisaría esa noche: una mujer que, al parecer, caminaba por el aparcamiento del edificio y reconoció a uno de los dos pistoleros cuando entraban en el apartamento. La mujer sabe muy bien qué conlleva hablar de un asesinato por drogas con la policía y no tarda en querer retirar todo lo que le contó a Fahlteich en la escena del crimen. Fue enviada a la comisaría inmediatamente y mantenida a una distancia prudente de los ocupantes del apartamento. Landsman y Fahlteich no la interrogan hasta que el inspector ha vuelto de Gatehouse Drive. Tiembla como una hoja al viento cuando los inspectores le dicen que tendrá que declarar frente a un jurado.
—No puedo —dice, echándose a llorar.
—No hay elección.
—Mis hijos…
—No permitiremos que les pase nada.
Landsman y Fahlteich salen de la oficina y conversan en voz baja en el pasillo.
—Está aterrorizada —dice Landsman.
—No me digas.
—Tenemos que llevarla a declarar ante el jurado mañana a primera hora, antes de que tenga oportunidad de retractarse.
—También hay que mantenerla separada de las otras —dice Fahlteich, señalando con un dedo a las testigos que hay en la pecera—. No quiero que ninguna de ellas la vea.
Por la mañana tendrán el apodo y la descripción básica del pistolero huido, y hacia finales de semana, su nombre completo, número de ficha policial, fotografía de la ficha y la dirección de los parientes de Carolina del Norte que lo están escondiendo. Otra semana y el chico está de vuelta en Baltimore, acusado de asesinato en primer grado y posesión de armas de fuego.
La historia del asesinato de Roy Johnson es brutal en su sencillez y sencilla en su brutalidad. El asesino es Stanley Gwynn, un chaval de dieciocho años con cara redonda que trabajaba como guardaespaldas de Johnson, un camello que había armado a su fiel y leal subordinado con una pistola ametralladora Ingram Mac-11 calibre .380. Johnson fue al apartamento de Gatehouse Drive porque Carrington Brown le debía dinero de la cocaína que le había comprado, y cuando Brown le dijo que no le iba a pagar, Gwynn terminó las negociaciones con una ráfaga de su Ingram, un arma capaz de disparar seis balas por segundo.
Fue un comportamiento impulsivo y extraño, del tipo que puede esperarse de un adolescente. Telegrafió con tanta claridad su intención de disparar que le concedió a Brown tiempo más que suficiente para agarrar a Roy Johnson y utilizarlo de escudo. Antes de que el cerebro de Stanley registrara correctamente la escena que se desarrollaba frente a él ya había ametrallado al hombre al que se suponía que tenía que proteger. Su objetivo inicial, Carrington Brown, quedó herido en el suelo sangrando por los cuatro balazos que de algún modo se habían abierto paso a través del muerto, y a Stanley Gwynn —que después aceptaría declararse culpable de asesinato en segundo grado y veinticinco años de cárcel— le entró el pánico y salió corriendo del edificio.
Cuando los detectives del turno de día llegan con el relevo temprano de las 6:30, el asesinato de Roy Johnson, caso H88014, está agrupado limpiamente dentro de una carpeta de anillas sobre la mesa del teniente de administración. Una hora después, Dick Fahlteich se va a casa para darse una ducha rápida antes de regresar al centro de la ciudad para asistir a la autopsia. Landsman, por su parte, estará durmiendo en su cama hacia las 8:00.
Pero cuando la luz del sol y los sonidos de la hora punta de la mañana se cuelan por las ventanas del sexto piso, el naufragio y pecio del H88013 —el asesinato en Gold con Etting— sigue esparcido frente a Tom Pellegrini, un espectro con café en lugar de sangre que repasa con la mirada vacante el informe del primer agente, los informes complementarios, las fichas de presentación de pruebas, la custodia del cuerpo y las huellas dactilares que pertenecen a Rudolph Newsome. Quince minutos arriba o abajo y habría sido Pellegrini quien habría sido enviado al asesinato de Gatehouse Drive, donde una víctima y unas testigos vivas estaban esperando a entregar en bandeja un asesinato y añadir uno más a la lista de casos resueltos. En cambio, Pellegrini fue a Gold con Etting, donde un hombre muerto de veintiséis años le miró desde el suelo con súbita y silenciosa comprensión. Puro azar.
Después de que Landsman se marche, Pellegrini trabaja los flecos de su pequeño desastre durante diez horas más —reuniendo todo el papeleo, llamando al adjunto del fiscal del Estado para que extienda una citación para la señora Thompson y presentando los efectos personales de la víctima a la unidad de control de pruebas que hay en el sótano de la comisaría—. Más tarde, esa mañana, un patrullero del distrito Oeste llama a la unidad de homicidios porque un chico de esquina que han encerrado por tráfico de drogas dice que sabe algo sobre el asesinato de la calle Gold. Parece que el chaval está dispuesto a hablar si con eso se gana una rebaja de la fianza en su juicio por drogas. Pellegrini termina su quinta taza de café antes de volver al distrito Oeste para tomar declaración al chico, que afirma haber visto a tres hombres corriendo hacia el norte desde la calle Gold después de haber oído los disparos. El chico dice que conoce a uno de los hombres, pero sólo su nombre, Joe: una declaración lo bastante específica como para encajar con el escenario real y lo bastante vaga como para resultar totalmente inútil al inspector. Pellegrini se pregunta si el chaval estuvo realmente allí o si se enteró de lo sucedido en el asesinato de la calle Gold durante la noche que pasó arrestado, y luego se las ingenió lo mejor que pudo para hacer un refrito con la información y tratar de negociar con ella para librarse del juicio por droga.
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